EL REY DE TODAS LAS BESTIAS

Recuerdo una torre de cantera construida frente a mí, alta de forma ojival y oscuros relieves. Su lanza divide el horizonte del cielo, la punta afilada parte la densa nube que oculta la luna, y en cada corte, los rayos delinean los surcos de la fachada.

Las puertas de madera están abiertas a la distancia de un cuerpo, la luz interior dibuja un resplandor suave, cálido y palpitante; siento cada onda irradiar hacia mí y envolver la anterior al desvanecerse.


El rosetón de un Ojo corona el portal con arrogante mirada puesta en los alrededores.


Sobre de él hay una inscripción desgastada; mi vista se desvanece cuando intento leer, parece decir Εσασε. En cada extremo del rosetón surgen figuras simétricas extendidas en numerosos huesos, luego en plumas y después en alas que finalmente, como ave muerta forman la base de la torre.

Me encuentro sentado con la mirada cubierta por el filo de la capucha, veo mis brazos ocultos por la túnica púrpura de bordados dorados; mis manos transpiran al empuñar algo debajo de mis mangas. Junto a mí hay hombres encapuchados atentos al altar, tengo la impresión de haber despertado de un sueño mientras algo sucede en aquella dirección. Levanto la cabeza al escuchar el llanto de una joven, está embarazada y es arrastrada por dos hombres, ella se resiste a caminar y lucha por liberarse.

Hay algo familiar en ella, siento haberla visto antes.


La alzan desnuda sobre el altar y ofrecen su pecho al cielo.


Del mismo lugar de donde la trajeron, otra mujer camina a ella desde el umbral, su túnica es como la mía, usa una corona de plumas forjada en bronce y con la mirada sigue su palma al recorrer el cuerpo desnudo de la joven, se detiene en el vientre y presiona los dedos sobre la piel, y de un golpe clava la hoja de su puñal.

El grito me levanta de un impulso, los hombres a mi lado intentan detenerme y aunque tienen toda la fuerza para someterme, los acuchillo con el par de dagas ocultas en las mangas, como reflejo apuñalo a todos los que se abalanzan en mi contra.

Abro paso cortando y atravesando a quien se cruce.

Sus gritos son llamados dolorosos que vibran en mi cabeza, siento la rabia emerger del pecho y consumir el miedo que siento.

Nada me detiene, ni siquiera me importa perder las dagas, no hay dolor.

Mato todo lo que está a mi alcance.


Yo deseo más.


Siento un cosquilleo brusco en los labios, mi quijada se abre con colmillos y me arrojo a la carne; rasgo cuerpos con las garras desmembrando huesos y entrañas en cada zarpazo.

Estoy lleno de la fuerza que se alimenta de la braza ardiente en mi pecho y arranco sus rostros aterrados del cráneo; en ese momento me siento alto y poderosos.

Capturo a la mujer de la corona, meto su cabeza en mi hocico y la exprimo hasta sentir la sangre chorrear. Agachado en el altar saboreo mi presa y veo como huyen de mí; disfruto mucho escuchar sus gritos y lamentos.


¡Soy quien sacrifica sus vidas… Mí venganza!


El cuerpo de la joven está tirado tal y como había caído al suelo, y en su rostro se congeló el horror que sufrió. Agitado la observo con el corazón retumbando en todo mi cuerpo, puedo sentir el pulso de la sangre y el vapor de mi jadeo. Sostengo a la joven en mis brazos y arrodillado en el altar la corono con las plumas de bronce.

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