El Zorro en el Valle

En aquella oscuridad las llamas vacilan en el sordo recorrido del viento, de lejos son luces pequeñas dentro de un vacío donde la corriente cascabelea los pastizales, provienen de altas antorchas de madera gruesa con bolas incandescentes que resguardan el rebaño debajo de ellas; carneros, ovejas y corderos duermen echados con los rizos coloreados por el cálido fuego. En el campamento un pastor descansa junto a la fogata rodeado del rebaño, recostado abraza el cayado y envuelto con la cobija solo asoma sus párpados serenos inmersos en la paz del sueño.

Cuidadosos pasos crujen en las sombras y merodean con gruñidos, el rocío de sus alientos caen en una oveja descuidada al borde de la luz. El delicado resplandor revela las orejas de zorros de ojos titilantes en el fuego, abren sus quijadas de perlados colmillos y la atrapan arrastrando su cuerpo hacía ellos con sutileza. En el horizonte se levanta el sol en las montañas, el pastor comienza abrir los párpados y en el ascenso sus rayos delinean la escarpada sierra que descienden en los pastizales. El pastor despierta en el momento que recorren las colinas apartando la oscuridad; los zorros al verse alcanzados por el resplandor huyen ocultos en las sombras. El día avanzó por el valle hasta apoderarse de el y se detiene en un risco formando una cortina que separa la noche, sin estrellas que la adornen ni luna que la revele, donde los zorros permanecen vigilantes en la rocas.


La brazas chirrean en la fogata mientras el pastor observa las chispas escapar en el viento, está sentado envuelto con la cobija y mira al cordero que duerme en el hueco de sus piernas cruzadas, el cordero descubre el rostro de su señor y adormecida balita con las patitas recogidas. El pastor lo toma en brazos y se levanta para luego caminar en el rebaño, las ovejas balitan agitando las orejas y los carneros inclinan las cornamentas; cada una es única en su mirada, balido y andar. Él sigue avanzando mientras el rebaño le abre paso hasta encontrarse con un carnero junto a una oveja echada, que al verlo venir se levanta a recibirlo. El pastor se pone de cuclillas y suelta al cordero que se acerca a su madre, y lame la cara de su cría. El pastor se dirige hacia una colina, ahí se detiene y descansa recargado en su cayado, desde aquel lugar consigue ver el campamento con pequeñas motas de lana en el valle, todo bajo la luz del cielo.

Mientras el rebaño duerme resguardado por las antorchas, el cordero está de cara a la oscuridad con la mirada inmersa en el espacio, escucha los sonidos que provienen y titubea a por un instante, pero al momento que su pata toca la sombra se siente confiado y entra en ella. El pastizal cruje con el trote del cordero alejándose cada vez más del campamento; olfatea el extraño aroma que arrastra el viento y escucha un débil balido, responde y luego hay un silencio cuando un valido surge en otro lado y vuelve a responder, entonces camina en aquella dirección y varios balidos lo llaman de nuevo, son constantes e intensos acortando su distancia, el cordero confundido intenta acudir a cada uno de ellos. Brillantes ojos aparecen en los pastizales imitando los sonidos del rebaño, los zorros permanecen ocultos y se asoman al ras de la hierba con sus miradas suspendidas en la oscuridad.

El escandaloso balido del rebaño lo despierta y descubre a las ovejas alarmadas absortas en el vacío, enciende la punta del cayado en la fogata a modo de antorcha y sale en su búsqueda. El pastor se aleja del campamento en un punto luminoso en el valle.

Y un veloz tropel se abre paso al ritmo de bramidos galopantes, y anuncia su avance estremeciendo la llanura entre los montes.


Un Zorro sacude en su hocico al cordero que balita con un apagado llanto, entre mordidas y gruñidos se arrebatan la presa. La intensidad del alboroto los distrae de los alrededores hasta que sintieron los temblores en la tierra, ya era muy tarde para huir cuando son embestidos por carneros. El pastor aparece detrás de ellos y cruzando la pelea persigue al Zorro que escapa con el cordero.

El Zorro se detiene para mira atrás, escucha el distante golpeteo de cuernos y chillidos, confiado da la vuelta y lo último que ve es la braza ardiente de cayado clavarse en su ojo, entonces se retorció trabado en una sacudida de centellas que rechinan ante el rostro impasible del pastor, las chispas truenan intensamente igualando la luz del día y surge un resplandor en el valle que desaparece al instante. Atrapado en una bola de fuego el Zorro es liberado del cayado y chilla en una estela incendiaría huyendo en la hierba.


Las ovejas están atentas a los sucedido en el valle, ven a los carneros entrar al campamento seguidos por el pastor que carga el cordero. Entra a la tienda y lo acuesta en sus cobijas, en las manos nota mechones del pelaje que comienza a caerse, revisa la heridas en el cuello y después examina el hocico donde los dientes se han transformado en colmillos; el cordero se revuelca violentamente y su mirada se fue apagando.

—¡Quédate conmigo!—el pastor lo abraza y le dice a la oreja— escucha mi voz—apoya el rostro en la frente del cordero y con lágrimas le susurra al oído.

El pastor duerme sentado con la cabeza agachada en las rodillas y las piernas abrazadas, escucha un débil balido y abriendo los ojos encuentra al cordero echado en las cobijas, lo abraza con una sonrisa y acaricia su pelaje.

El cielo clarea cuando el pastor sale de al tienda y el cordero se encamina hacia su madre con frágiles pasos.

Recorre el rebaño donde solo le basta una ojeada y saber que todos están ahí. Conoce sus balidos y nombres, desde la más vieja a hasta la joven las escucha, ninguna es extraña, y a su vez ellas lo reconocen por su caminar, aroma y timbre de voz.


Hierba suelta vuela atrapada en remolinos y los pastizales sonajean con la brisa. Detrás de Él se extiende el valle de colinas donde el sol asciende en el horizonte e ilumina la mañana, y dibuja su silueta apoyada en el cayado.

Mira a la distancia hacia las colinas pasando el rebaño y más lejos aún, donde termina la tierra y comienza el cielo. Descubre al Zorro cerca del rebaño sentado a la luz del día ciego de un ojo y su cuerpo chamuscado; asoma la cabeza sobre los pastizales y con mirada marchita busca en el campamento. Se distrae con una mariposa que vuela a su alrededor y sigue el vuelo del insecto por el campo, de una hoja a otra revolotea al sentir el calor de su olfato y el da de saltos para alcanzarla mientras ella evita ser molestada, solo se ve su cola recorrer los pastizales en su juego por atrapar la mariposa. Entonces ve al pastor y rápidamente se oculta desapareciendo del valle, se asoman sus orejas al ras de la hierba y oculta su mirada; el pastor sabe que el Zorro sigue ahí observándolo. La hierba se agita cuando el lomo rojizo huye a la frontera y de un brinco el Zorro vuelve a la oscuridad. Lo último que el pastor ve es su cola agitarse al entrar.

La mariposa aletea donde el Zorro le perdió interés y recorre el campo para luego postrarse en el cayado. Él permanece pensativo donde el Zorro estuvo sentado cerca del rebaño y de nuevo mira el lugar en el que había desaparecido, y decide ir a buscarlo.


El desierto es apartado del valle en una linea definida donde remolinos de arena recorren la tierra de ásperos de relieves afilados, creados por la erosión y corrientes que fluyen en los corredores.

Guiado por la antorcha de su cayado camina por un suelo que se desmorona en cada paso, mientras las rocas caen al vacío en un sonido que se aleja. Entra a un gruta que lo lleva a la bóveda de una cueva en el interior de la montaña, o lo que queda de ella, con un agujero en la cima por donde pasa la tormenta de arena. La mariposa vuela al rededor de un recoveco en la pared descubriendo el brillo de un ojo que parpadea en el interior.

—Ven conmigo—el pastor acerca la mano.

El Zorro asoma la nariz hacia la luz lentamente con algo de confianza pero vuelve a esconderse. Detrás del pastor los zorros consiguieron rodearlo. Apenas logra protegerse con el cayado y evita ser mordido. Sus patas son veloces al surcar la oscuridad y zigzaguean para esquivar los golpes del cayado, lo zorros lo acorralan esperando el momento de atacar y le muestran los colmillos. Un zorro se impulsa de un salto y cae sobre de Él pero es abatido, otro aprovecha la distracción y se trepa a la espalda, el pastor lo sujeta de la cabeza y lo lanza al suelo, apenas se libera cuando siente una mordida en el brazo, el zorro sacude la quijada y desgarra sus ropas.

El Zorro sigue atento al enfrentamiento desde el agujero, en cada paso que el pastor retrocede la manada lo orilla a un precipicio, su pie resbala en el borde y apenas logra aferrarse antes de caer y con los pies busca en que apoyarse, los zorros se le dejan ir cuando el Zorro arremete contra ellos. Lucha impidiendo que alcancen al pastor, recibe mordidas que lo hacen chillar y aun así continúa protegiéndolo. El pastor se pone a salvo toma el cayado y corre a ayudar al Zorro que ya es presa de los otros, con golpes logra apartarlos y lo libera, en ese momento los zorros huyen.

Ahí en el corazón de la montaña está el pastor con el cayado listo para defenderse, una vez fuera de peligro ve al Zorro herido en el suelo con el pelaje teñido de sangre, hizo un esfuerzo para levantarse pero apenas logra mirar el rostro del pastor que lo carga y lo lleva fuera de la gruta hacia el desierto, lejos de la montaña.

En su camino los ojos del Zorro se van desvaneciendo en un vacío hasta nublarse, su cabeza campanea vencida sobre su brazo y el calor del cuerpo comienza a perderse al mismo tiempo que la respiración desaparece.


El rebaño ve al pastor con el Zorro en brazos y como lo recuesta muerto en los pastizales. Acaricia la quemadura de su rostro y observa el ojo marchito, reconoce sus orejas y con la palma recorre con suaves caricias el cuerpo del Zorro.

—Vuelve —dijo poniendo las manos en la frente del Zorro —Vamos a casa.

Deja al Zorro en la hierba y se aleja con dirección al sol, entonces cierra los ojos juntando las palmas. El sol comienza a bajar en el cielo, el rebaño sigue su recorrido en el horizonte, el valle cede a la oscuridad pero sus rayos crean un camino luminoso al ras de los pastizales. El pastor levanta el cuerpo del Zorro y camina detrás del rebaño, pero frente a Él hay hombres y mujeres, niñas y niños que avanzan en el camino. El Zorro se ha ido de sus brazos y en su lugar lleva el cuerpo de una persona.

El pastor es el último en entrar en el sol y desaparece, inmediatamente la oscuridad consume cada rincón del valle, solo queda aquella fogata que se va apagando al mismo paso que las antorchas se extinguen, en ese momento donde no hay nada de luz, gritos emergen de las sombras y ecos de llantos que se lamentan.

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