Un Mudo Oscuro y Miserable

Mi mente y espíritu son opuestos a los tuyos; mis ojos están vendados y empuño una espada para cortar cada trozo de ti y restaurar la balanza. Estoy ciego y solo te oigo pedir audiencia.

Escucho frágiles hormigas de espíritu miserable, seducidas por la reina que ellas han coronado. Una reina radiante de ilusiones y adormecida por la melodía de los consejeros que la adornan.

La reina de hoy es distinta a la del mañana, es la investidura el verdadero culto del reinado. Los cielos se nublan sobre el reino y oscurecen el espejismo de su poder.

Siento que un nuevo mundo se aproxima creado por el hombre y la mujer. Mujeres y hombres a quienes les arrebataron la luz, vendrán como relámpagos dentro de una tormenta de cólera y dolor.

CARLOS REEVES ’07
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PXMOR/Libro 1/SENTIMIENTO XIII: Espectros del Mañana

LOS MORADORES DE LAS CAVERNAS

En este estrecho pasillo desciende la serpiente de fuego hacia el corazón de la montaña.
Avanzamos en la penumbra de los túneles, las antorchas revelan suaves contornos en nuestras armaduras y en la marcha iluminamos el camino.

Los habitantes del pueblo pidieron nuestro auxilio y un primer grupo atendió el llamado. Pasaron semanas sin saber de ellos así que fuimos en mayor número a terminar la encomienda.

Meses atrás los mineros descubrieron una bóveda de cobre donde demonios están presos dentro de una montaña. En un principio los mineros los confundieron con figuras talladas en piedra pero despertaron al sentir la presencia humana, alzaron sus cuerpos altos y robustos de centelleantes miradas en tétricos rostros, con melenas enmarañadas y cuernos torcidos.

Las quimeras observaron a los mineros huir aterrados. De pronto en su escape quedaron paralizados al oír la oleada de berridos que surgieron de las profundidades. Los mineros que lograron escapar sellaron el respiradero de la mina y oyeron los gritos de sus compañeros ahogarse en el interior.

Seguimos la oración en latín provenir en los túneles, como vamos acercándonos un resplandor de fuego se hace más intenso. En el descenso descubrimos a un monje arrodillado frente a la cruz que arde con uno de nuestros hombres crucificado, aunque su armadura y cuerpo se carbonizaron, levanta la cabeza de su hombro para mirarnos, en ese instante desenvainamos las espadas.

–¡Santos, retrocedan! –dijo el monje con voz rasposa y se pone de pie –¡Este es mi reino!

El monje arremete contra nosotros con espada en mano y pasos torpes, todos le abrimos camino, esquivamos sus ataques lentos y vagos mientras nos maldice. Ninguno se atreve a combatirlo, está loco pero es un hombre de Dios, uno de nosotros enviado en el primer grupo a preservar la fe de la expedición.

Doy un paso lateral cuando se abalanza contra mí, el peso de la espada lo hace tambalear y con la punta se apoya para no caer, apenas se repone y gira el rostro en torno a nosotros, levanta alto el filo y, de un solo movimiento le amputo los brazos con el canto de mi espada. Cae al suelo y chilla retorciéndose cuando le atravieso el pecho, y a mi complacencia agito la hoja de lado a lado hasta reventar las costillas.

Limpio la sangre de mi rostro ante las miradas de mis compañeros, me abro paso entre ellos y sigo el descenso a la bóveda de cobre.

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En la penumbra iluminamos el camino donde demonios son presos, de centelleantes miradas con melenas enmarañadas y cuernos torcidos. En el descenso descubrimos la cruz que arde con uno de nuestros hombres crucificado. Un hombre de Dios, la fe de la expedición, le amputo los brazos con el canto de mi espada y le atravieso el pecho y limpio la sangre de mi rostro ante las miradas de mis compañeros. PXMOR/Libro 1/Sueño VI