EL SIGLO DE LAS QUIMERAS

El adoquín rojo se extiende en el segundo piso alrededor del patio, camino por ese pasillo y me dirijo a la biblioteca. Es raro ver a alguien ahí, ni siquiera hay bibliotecario y es ideal para pasar tiempo solo.

Recorro los libreros hasta la ventana, enciendo un cigarro y me asomo a la calle, alcanzo a ver los muros que limitan la preparatoria y el árbol de la banqueta cuyas ramas llegan a mí. Arranco una hoja y la dejo caer, da giros en espiral en el aire y antes de tocar el suelo, una corriente la eleva muy alto en el cielo.

Las puertas rechinan al abrirse y golpean la pared, tiro el cigarro y me oculto. Hay un silencio inusual creado por algo que perturba la quietud de los objetos, y presiento la atmósfera de “Aquello” que se esconde. Con cautela me muevo en el pasillo recorriendo la mirada sobre los libros.

Escucho la goma de las suelas rechinar en la duela, una más ligera que la otra y distintas entre ellas; vienen susurros, carcajadas que no desean ser escuchadas y el golpe en una mesa que chilla.

Una joven está sentada en el borde de la mesa, el cabello oculta su rostro y entre las piernas tiene la cabeza de “Algo” que abraza su cuerpo. Es fascinante como goza y calla los gemidos de su orgasmo.

“Ésa cosa”, “Ése algo”; se alza y la besa a la vez que le sujeta el brazo, le da la vuelta y la inclina encarando a la mesa. Ella carcajea y se da la vuelta pero “Ése” o “Ésa” la vuelve a someter.

—¡Ay, me lastimas! —reclamó al golpearse la cabeza con la mesa, intenta retirarse pero apenas puede moverse.

“Ésa” o “Ése” levanta la falda de la joven y le abre los muslos, de su entrepierna brotan tentáculos que la sujetan con fuerza; en la forma andrógina de “Ése o Ésa” no distingo que cuerpo es penetrado. Lo que si veo es la desesperación de la joven en quitarse a “Ésa o Ése” de encima, “Aquello o Aquella” “Ése o Ésa” que la lastima, “Él o Ella” quien la viola y se rapta a sí, un cuerpo diáfano y otro tangible se mancillan a sí mismos.

En ese momento siento la turbulencia de emociones que se desvanecen en algo tan oscuro y perturbador. Hay un hedor en el aire y estoy paralizado obligado a seguir observando. Siento el dolor de su tristeza enfriar mi sangre.

“Ella o Él, Ése o Ésa, Aquella o Aquel. Él o Ella, Ésa o Ése, Aquel o Aquella.”

—¿Qué eres?

—…Esase— Respondió.

La joven cae a los pies de Esase y se retuerce con la vagina envuelta en sus muslos y la mano a tientas en el ano, el sangrado la paraliza y lentamente se marchita hasta volverse un bulto tembloroso y sollozante. Esase le lame la mejilla y se desvanece sin despegar su lengua de ella.

No imagino la impresión que tiene cuando su mirada, nublada en lágrimas, me descubre. Limpia sus pestañas.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó —Es una pesadilla. —dijo agitando la cabeza tratando de borrar el pasado.

—No, es real. —respondí.

—¡Cállate! —oculta su rostro —Nadie sabe, sólo yo y nadie más. Tú no estás aquí, tú no existes para mí.

Vuelve a levantar la cabeza, se encuentra en un pastizal de un verde radiante a la luz del cielo cristalino, no siente dolor y viste una manta de un blanco impecable. Y entonces descubre que ya no estoy ahí.

—Lo siento. —dijo.

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En ese momento siento la turbulencia de emociones que se desvanecen en algo tan oscuro y perturbador. Todo se vuelve sucio y nada es claro solo más confuso; yo estoy paralizado casi obligado a seguir observando y siento el dolor de la tristeza derrochar el calor de mi sangre. PXMOR/Libro 1/Sueño (?)

EL REY DE TODAS LAS BESTIAS

El Rey de Todas las Bestias
El Rey de Todas Las Bestias

Recuerdo una torre de cantera construirse frente a mí, alta de forma ojival y oscuros relieves. Como una lanza que divide la noche y con su punta parte la espesa niebla, los rayos de la luna entran por el corte y delinean los surcos en la fachada.

Las puertas se abren a la distancia de un cuerpo, la luz interior dibuja un resplandor suave, cálido y palpitante; siento cada onda irradiar hacia mí. El rosetón de un ojo corona el portal con la mirada puesta en los alrededores. Sobre de él hay una inscripción desgastada, mi vista se desvanece cuando intento leer y parece decir “Εσασε”. En cada extremo del rosetón se extienden alas formadas de huesos emplumados, y como ave muerta forman la base de la torre.

Me encuentro sentado con la mirada oculta por el filo de la capucha, veo mis brazos cubiertos por la túnica púrpura de bordados dorados; las manos me sudan al empuñar algo debajo de mis mangas.

Junto a mí hay hombres encapuchados atentos al altar, tengo la impresión de haber despertado de un sueño mientras algo sucede en aquella dirección. Levanto la cabeza al escuchar el llanto de una joven, está embarazada y es arrastrada por dos hombres, ella se resiste a caminar y lucha por liberarse.

“Hay algo familiar en ella, la he visto antes.”

Los hombres la alzan desnuda y ofrecen su pecho al cielo. Del mismo lugar de donde la trajeron otra mujer camina a ella desde el umbral; su túnica es igual a la mía, usa una corona de plumas forjada en bronce, y con la mirada sigue el recorrido de su palma sobre la piel de la joven sometida en el altar, presiona sus dedos en el vientre y de un golpe le clava su puñal.

El grito me levanta de un impulso, los hombres a mi lado intentan detenerme y usan su fuerza para someterme, los acuchillo con el par de dagas ocultas en las mangas, y con la furia de un león los apuñalo a todos los que se abalanzan en mi contra. Me abro paso cortando y atravesando a quien se cruce.

Los gritos de la joven son llamados dolorosos que vibran en mis oídos, siento la rabia emerger del corazón y consumir el miedo. Nada me detiene, no me importa perder las dagas, no hay dolor; mato todo lo que está a mi alcance.

“Yo deseo más.”

Siento un cosquilleo en los labios, mi quijada se abre con colmillos y me arrojo a la carne; rasgo cuerpos con las garras desmembrando huesos y entrañas en cada zarpazo.

Estoy lleno de la fuerza que se alimenta de la brasa ardiente en mi pecho. Arranco los rostros aterrados de sus cráneos, en ese momento soy poderoso.

Capturo a la mujer de la corona, meto su cabeza en mi hocico y la exprimo hasta sentir la sangre chorrear. Agachado en el altar devoro mi presa y veo como huyen de mí; disfruto escuchar sus gritos y lamentos.

“¡Soy quien sacrifica sus vidas, mí venganza!”

El cuerpo retorcido de la joven está en el suelo tal y como había caído, y en su rostro se congeló el horror que sufrió. La observo con el corazón retumbando en todo mi cuerpo, puedo sentir el pulso de la sangre y el vapor de mi jadeo. Sostengo a la joven en mis brazos y arrodillado en el altar la corono con las plumas de bronce.

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Sus gritos vibran en mi cabeza siento la rabia consumir el miedo que siento. Sé quién eres. Escucho el llanto de una joven, está embarazada y es arrastrada por dos hombres. Yo deseo más. Meto su cabeza en mi hocico y la exprimo hasta sentir la sangre chorrear. PXMOR/Libro 1/Sueño I: Manos de Sangre

ABRE TUS OJOS Y MÍRAME OTRA VEZ

Grito llamando a alguien pero no veo a quien.

“Estoy solo…”

Nadie viene al valle del zorro

Camino por la colina moteada de flores, oleadas de viento las agitan y libera sus fragancias.

Estoy inmerso en una neblina

Exhausto y cabizbajo levanto la mirada hacia el camellón de la avenida, hay un árbol de amplias ramas que cruzan la calle y dan sombra en la parada donde me encuentro.

El autobús se detiene con el rechinido de los frenos y la vibración de sus láminas; el aire comprimido silba y se abre la puerta. Pago el pasaje y camino por el pasillo que resplandece a la luz de las ventanas, cada línea áurea inhala alejando el brillo de los asientos, y exhala suavemente devolviendo la intensidad de su rayo. Todos excepto uno, aquel donde está la mujer del suéter negro con cuello de cisne.

—¡Es ella!

Está sentada con su mirada abandonada en el vacío; me acerco buscando sus ojos verdes pero ella se rehúsa a verme. Sentado a su lado tomo sus manos.

—Te extraño. —dijo.

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Abre tus ojos y mírame otra vez, hazlo como en las mañanas cuando despertaba a tu lado. Vuelve a mí, escucha mi voz y síguela, no te detengas y continúa hasta llegar a mí. Estoy esperándote, deseo ver tus ojos como la primera vez que te acercaste a mi. PXMOR/Libro 1/SUEÑO XII: EL ÚLTIMO AUTOBÚS DE LOS RECUERDOS

EL OBSEQUIO

“Caí a la oscuridad absoluta, en las profundidades donde él habita…”

Inconsciente me desplomo como pluma en el abismo; del cielo descienden listones finos y luminosos. Amarran mi cuerpo y me jalan suavemente a la superficie rizada. Cruzo la línea del océano hacia el firmamento y entro a un agujero con ventanas radiantes en luces doradas. En el ascenso la vitalidad de mi ser disminuye.

Del túnel sigue un valle de flores, el cielo es abierto y las nubes se concentran en un vórtice. Los listones se vuelven más cálidos y se transforman en un punto radiante que esparce llamaradas en forma de aros. Tres ángeles levitan en el paraíso y miran la luna sobre de ellos, en ella está la torre donde hay un gran árbol que emerge del corazón de la bóveda de cobre.

Mi viaje continúa por los caminos de roca hasta la biblioteca, y libros son arrastrados en una tormenta de arena. Luego vienen las cloacas y me llevan al interior de la torre. Llego al templo donde suena el órgano de viento, hay velas rodeando el altar y escucho una voz que me llama del exterior.

Es mediodía y una luz azul cae sobre el pueblo. Soplo el vaho en mis manos que apenas logro calentar.

La campanilla de la puerta suena al entrar en la cafetería, la tabla del menú se refleja en la vitrina de postres, no hay nadie en el mostrador.

Los aspersores rocían el césped y las gotas quedan atrapadas en sus hojas, un par de mariposas revolotean entre los árboles y luego suben a las copas, unos cuantos rayos de sol escapan de las ramas y caen al suelo con pequeñas motas de luz.

El tenue brillo titila al sonido del proyector, la película muestra el océano repleto de estrellas donde un cometa viaja en un punto luminoso.

Miro atrás y un centelleo aparece al otro lado de la calle, viene de su medallón. Está sentada en el pedestal del asta y espera reclinada en él. Su blusa es blanca y la falda gris, sus ojos son verdes y el cabello lacio color negro.

—¿Dónde habías estado? —pregunté.

—No me he movido de aquí —palmea el concreto y me mira —¿Subirás?

Me siento junto a ella y desde ahí observamos el pueblo.

—Un Sueño. —dijo ella

—Pero ¿quién?

—Yo, —dijo —siempre que me encuentro aquí sentada, te veo caminar por esos lugares y luego desapareces en uno de ellos.

—No lo recuerdo.

—Bueno, es la primera vez que llegas a mi lado. —se quita la medalla del cuello.

En sus manos extiende la cadena y me rodea con sus brazos; sus labios están cerca de mí y la beso, ella permanece conmigo hasta que la abrocha, entonces con una sonrisa da un salto y se aleja de mí. —¡Te estaré esperando! —grité a sus espaldas antes de que desapareciera al doblar la esquina.

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Tres estatuas de ángeles levitan en el cielo y miran la luna sobre de ellos, en ella está la torre y en el interior hay un gran árbol que emerge del corazón de la mina de cobre. PXMOR/Libro 1/SUEÑO XV: EL OBSEQUIO